Verano 2017

Ha sido un verano marcado por LA -en mayúsculas- inminente despedida y una extraña sensación continua de tener que aprovechar al máximo cada instante. Entre trabajo y gestiones conseguimos arrancarle alguna que otra escapada al verano y una semana a agosto a modo de traca final de fiestas.

 

Volvimos a Tarifa, cerrando un ciclo que ha dado comienzo a otro opuestamente distinto.

 

También he tenido tiempo de jugar con mi Pentax MZ-7 de segunda mano y la magnífica función de doble exposición que tiene. Ahora espero que Ruth no vea estas fotos porque se va a arrepentir de habérmela dado. Je, je, je.

Parece una foto sacada del álbum de fotos de nuestros padres pero con un toque psicodélico.
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Y llegó el gran día: inauguración de la exposición colectiva en La Ampliadora

El pasado jueves día 22 de junio fue un día muy especial para mí, se acababa el curso de fotografía y inaugurábamos la exposición colectiva con todos los proyectos que hemos ido haciendo a lo largo del curso mis compañeros y yo.

Nos habían pedido que hiciéramos una breve introducción sobre nuestro proyecto el día de la exposición pero ante la negativa general lo habían dejado como algo opcional. Yo odio hablar en público, cada vez se me da peor, ¿cómo es posible?, pero sabía que tenía que hablar sobre mi proyecto, como nos dijo Cecilio era una parte más dentro de la realización de un proyecto.

El día de la inauguración me desperté a las 5 am y ya no me podía dormir, después de una hora dándole vueltas al discursito me levanté y lo escribí en el ordenador. Pues bien, me pasé el día entera repitiéndolo, primero mentalmente, luego en la ducha, después en mi casa y finalmente por la calle en voz alta mientras iba a La Ampliadora (como os podéis imaginar todo el mundo me miraba pero ya me daba igual).

Por la mañana también tuve que preparar el vídeo para la proyección posterior a la inauguración, tenía mucho material (todos los collages y fotos que he ido haciendo a lo largo del año) pero no tenía nada montado. Por lo que dijeron los asistentes el vídeo quedó bastante bien al final y además tuve la suerte de encontrar la música perfecta para la temática, todo gracias a un blog que sigo que es la caña y que tiene una lista de reproducción folclórica en Spotify: COMO VAYA YO Y LO ENCUENTRE. La canción del principio son las sevillanas Corraleras de la moda de Miguel de Molina.

Todo salió genial al final, aunque me quedara en blanco momentáneamente, solté el discurso y dije -casi- todo lo que quería decir, la proyección fue un éxito además del gran orgullo de ver la exposición ya terminada, sobre pared y con mucha gente en la sala viéndola. Toda una experiencia.

Os dejo el vídeo aquí. Para ver el proyecto terminado en sí habrá que esperar un poco, quiero dejar que se publique primero en la web de La Ampliadora que es donde está mejor montado.

Gracias a todos los que vinisteis, a mis compis por ser tan geniales y a los profes que se han dado un trabajazo, no solo durante el curso sino estos días para que la expo saliera bien y encima con el Pa-ta-ta en las mismas fechas. 🙂

Por cierto, el final de la noche también fue genial, nos fuimos de cervezas al Flashback ¡y hasta aquí puedo leer!

 

 

El más bello poema de amor

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos.

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

[Miguel Hernández]

Onirismo

En clase de imagen, en la Ampliadora, hemos estudiado las distintas formas en las que una imagen puede ser más o menos abstracta.

El primer nivel de abstracción de una imagen es el blanco y negro.

En un principio pensé que una fotografía en blanco y negro no tiene mucho de abstracto pero hoy, mirando fotos de hace unas semanas, me he encontrado con unas de una excursión que hicimos Raúl y yo a Santa Fé que tenía seleccionadas porque me gustaban pero tampoco terminaban de convencerme así que las había dejado un poco olvidadas. Al volver a mirarlas les he aplicado el filtro de blanco y negro y de repente ¡boom! parecen sacadas de un sueño.

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Supongo que el efecto barrilete del gran angular y los bordes negros que hace la lente también ayudan a esta sensación de onírica.

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¿Os miráis al espejo después de ducharos?

Yo creo que no. Yo por lo menos me he dado cuenta de que no me miro. O que si me miro es selectivamente; no miro las partes que no me gustan, me miro con buenos ojos. Por eso, cuando vamos a la playa y nos vemos en las fotos nos vemos horribles. O cuando salimos con las amigas y nos hacemos -iba a decir un selfie, pero no, porque yo no me hago, todavía no me importa pedirle a alguien que me saque una foto con mis amigas- una foto nos vemos fatal. ¡Es que no nos miramos con malos ojos! Por supuesto, no hay que obsesionarse, tengo amigas que obviamente tienen un problema con alguna parte de su cuerpo o cara (nariz grande, ojeras, boca chica…) y que cuando se miran solo ven eso. No es a esto a lo que me refiero, no hay que obsesionarse con una parte, de igual manera no hay que mirarse solo por encima.

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Véase lo que decía de pedir las fotos. Esta se la agradezco a Julia que siempre es la pesada de las fotos pero luego se lo agradecemos. ❤

Pues bien, hace unas semanas se me ocurrió hacer una serie de fotografías para cambiar esto, aceptarme tal y como soy e intentar dejar de censurar ciertas partes de mi cuerpo. La idea era des-censurarme. Es decir, una mezcla entre desnudarme y darle una vuelta a la censura; la censura clásica que no deja que se vean pezones o culos en Instagram o Facebook. Total que cogí, me desnudé, me monté un mini estudio en mi casa con un papel blanco y me hice fotos desnuda. Fotos por delante, por detrás y de lado. Cuando las pasé al ordenador casi me da un síncope “¿Así de gorda estoy?”, “¿Tengo esas mollas en la espalda?”, “WTF”, “¿Cómo coño no he visto yo esto antes si soy magnífica y me siento genial con mi cuerpo?”. En vez de servirme como ejercicio de aceptación me iba a hundir en la miseria…

Pero seguí con mi idea, abrí el Photoshop, me peleé con él porque todavía no sé usarlo y la clase que me dio mi amigo Juanjo en verano no me había servido de mucho, y me puse a pintar las fotos a diestro y siniestro y a dejar solo al descubierto esas zonas que me cortaría de un hachazo. Lo gracioso de todo fue que cuando terminé me gustó el resultado. Me había servido de terapia de aceptación. Puedo decir que no estoy especialmente contenta con el resultado estético ni con la técnica en general, pero ese no era el objetivo de todas maneras. Así que os invito a hacer algo así. Sácate una foto desnuda o desnudo y píntala, deja que se vea lo que no te gusta, diviértete pintando, tachando, o incluso recortando, hazlo en papel que será mucho mejor y ¡tachán!

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Lecturas recomendadas

La fotografía no es analógica ni digital, de Fernando Puche.

 

Hoy he empezado un curso de fotografía en La Ampliadora, se llama Algo más que un hobby y aunque personalmente no me gusta mucho el título -parece que fuera algo poco serio- es precisamente eso lo que siento por la fotografía. Pinta bien y tengo muchas ganas. Como primeros deberes nos han mandado que mañana llevemos una fotografía que nos represente, ya sea un retrato, un espacio o un objeto. Y solo se me ocurre esta:

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¿Por qué? Primero, el  lugar. Es mi rincón preferido de la casa, ahí me hago la mayoría de los autorretratos. Segundo, la apariencia. Soy despeinada, tranquila, de gesto amable. Aunque también puedo ser todo lo contrario. Y esto me lleva al tercer punto: las luces, los claroscuros, me da la impresión de que pueden representar esas contradicciones que todos llevamos dentro.

 

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Hablábamos en primera persona del plural, ahora es segunda del singular. De todas maneras, tal y cómo me has enseñado, ahora sé que la vida es curva, que las relaciones son ciclos y que avanzamos en espiral; espero que no en círculos.

y lo que era un proyecto sobre mí ahora parece ser un proyecto sobre ti (¿volverá a ser sobre mí?), al fin y al cabo era un proyecto sobre mi vida, la única diferencia es que he cambiado de posición para con la cámara.

aunque es gracioso, porque repaso las fotos y ahora parece que el proyecto siempre fue sobre ti. Lo cierto es que el espacio y la luz parecen ser las mismas.

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La magia del analógico

Puede gustarte la fotografía, pero el gusanillo que sientes cuando ves tu primer carrete de película revelado no tiene precio. A principios de año mi madre me dejó su antigua réflex, una Pratika alemana que ella usaba de joven. Entre los trastos de la cámara (un objetivo 50-200, un flash externo que todavía no he sabido utilizar y un filtro polarizado) había un carrete caducado en blanco y negro. Se lo metí, o me lo metió mi madre porque todavía no me entero muy bien de cómo se enganchan los carretes (sí, lo admito) y me puse a tirar fotos sin fotómetro ni nada, así, a locas, pero no a tontas, que cuando echas fotos con carrete te lo piensas todo mucho, demasiado diría yo. Tanto que ha pasado más de medio año hasta que he terminado el dichoso carrete y he podido revelarlo. Eso sí, el resultado ha sido magnífico. Aquí van las primeras que hice de fa fiesta de inauguración del Poto. MUY TOP Y MUY DADÁ.

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